Desde Venezuela a Ciudad Celeste - La Colmena

Desde Venezuela a Ciudad Celeste

Ana Bermúdez, trigueña y de mirada apacible, tomó un avión desde Caracas y junto a su familia, se instaló definitivamente en Ecuador. Cuenta que decidió salir de Venezuela por el clima de inseguridad que percibía. “Era tenso, había demasiados cambios políticos y económicos, había escasez que a muchos venezolanos nos tenía en zozobra”.  Dorthy, su […]

Ana Bermúdez, trigueña y de mirada apacible, tomó un avión desde Caracas y junto a su familia, se instaló definitivamente en Ecuador. Cuenta que decidió salir de Venezuela por el clima de inseguridad que percibía. “Era tenso, había demasiados cambios políticos y económicos, había escasez que a muchos venezolanos nos tenía en zozobra”.  Dorthy, su hija, viajaba por todo el mundo por su trabajo, con sus dos hijos, Francisco y Santiago, y su esposo. Hace dos años decidieron que el tiempo de viajar había terminado. Era hora de volver a reunirse. Buscaron un destino seguro, en el que los dos niños pudieran crecer felices. Entonces, llegaron a Ciudad Celeste.

Aunque Ana nunca pensó en convertirse en inmigrante, lo hizo a sus 63 años; cambió de ciudad, de país y de vida.  Se despidió de la casa que la vio crecer y junto a sus hija, su yerno y sus dos nietos de 8 y 6 años, arribaron al paraíso, como llaman a Ciudad Celeste, su nuevo hogar. Ahora los cinco viven en La Marina.

Ana, amante de la literatura, se ha dado a la tarea de escribir un libro sobre Guayaquil y su gente, pues afirma que esta es una ciudad que quita la tristeza, incertidumbre y nostalgia de los inmigrantes.

Aquí la gente comparte con alegría y confianza, que permite tener una conexión como si de pronto los conocieras de toda la vida, comenta.

Desde los primeros días, Ciudad Celeste se convirtió en una pequeña Caracas para ella. En su ciudad, hacía obras de teatro y presentaciones de títeres y marionetas. Los montaba en un pequeño auditorio que había construido en su propia casa. Los niños del vecindario eran los primeros convocados a protagonizar las historias, ante la mirada entusiasta de vecinos y amigos. Con las mismas ganas que organizaba todo en Venezuela, decidió hacerlo en su nueva comunidad. En las urbanizaciones La Marina, La Cristalina y La Ría ha organizado varios talleres de teatro para que los niños descubran a través de ellos un mundo mágico lleno de arte y creatividad. Su costo es de cinco dólares mensuales, y lo que recaudan va destinado a la compra de materiales necesarios para cada presentación, como pintura, vestuario, manualidades, etc. Para Ana, no se trata de acumular dinero, sino, experiencias que se crean a través del arte en comunidad y el estímulo que éste implica para los más pequeños.

Entre risas, cuenta que ella es la primera generación que aprende de sus nietos, pues ellos le enseñan a usar la tecnología. Cree que la educación es fundamental para el desarrollo de las personas. “El talento puede ser innegable pero es el conocimiento lo que saca a los pueblos de abajo”. Como buena lectora, les inculca a sus nietos la pasión por las letras. Empezó leyéndoles un clásico de la literatura “El Quijote de la Mancha”.  Sus nietos quedaron fascinados por la historia, y lo comprobó una tarde, cuando Dorthy se enfadó al no poder realizar con agilidad una actividad dentro de casa. Francisco, el menor de sus nietos, miró a su abuela, luego miró a su madre, y dijo: “Ves abuela, es la razón sin razón”. Ambas rieron. Ana estaba emocionada al comprobar que el niño, a tan corta edad, pudo recordar y asociar de forma tan singular una línea del libro de Miguel de Cervantes: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura».

Pero las obras de teatro no son el único proyecto al que se dedica Ana en su comunidad. Hace un año y medio, apenas seis meses después de haber llegado, se organizó con varios vecinos y pudo estar al frente de la creación de la primera escuela de fútbol en Ciudad Celeste. La idea era integrar a la comunidad, que los niños compartan una actividad deportiva y fortalezcan los lazos de amistad. El fútbol lo ha logrado.

Para Ana, vivir en comunidad significa integrarse. Lo dice con claridad. Siempre ha sido una mujer activa y vivaz, que se interesa por su entorno y por eso se esfuerza en planificar actividades que le permitan compartir con sus vecinos. En La Marina conoció a dos familias, una colombiana y otra ecuatoriana, juntas conforman el grupo ECOVEN – por las siglas de los tres países –  y realizan varias actividades como el Club de Juegos, que cada semana se reúne para que los niños interactúen y se conozcan más. La idea es, siempre, compartir experiencias y momentos que les permitan fortalecer la amistad y la buena convivencia.

Ana, sencilla y gentil, cree que la vida es la escuela, y allí el aprendizaje es constante. Vive curiosa sobre todo lo que ve, disfruta aprendiendo. Ahora sus vecinos le enseñan algunos trucos de la gastronomía ecuatoriana: cómo preparar un rico bolón de verde o cómo disfrutar del cocolón.

Ella sabe que las ciudades se construyen con la gente. Las ideas para tener espacios deportivos o culturales, vienen de cada vecino y se desarrollan una comunidad organizada y entusiasta. Por eso ella, se concentra en imaginar aquello que quiere ver, luego pasa a la acción. Así, de a poco, con acciones individuales que se convierten en colectivas, se construyen las Ciudades para Vivir.


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